De una mañana fría a una tarde primaveral. Así había evolucionado el día en Sevilla durante el miércoles. La temperatura invitaba a viajar. Una invitación a una cata de whisky me proponía acercarme hasta la calle Marqués de Paradas, en otros tiempos, fuente constante del discurrir de pasajeros que abandonaban su tren en la Estación de Plaza de Armas provenientes del norte de nuestra provincia en busca de alojamiento en alguna pensión o sustento en forma de bocadillos o refrigerio en las tiendas y bares que allí hacían su agosto, fuera el mes del año que fuera.

Como mandaban los cánones de la antigua RENFE, el tren no salió a su hora y, como no podía ser de otra forma, tampoco llegó a la hora prevista, pero ¿a quién le importa eso si el objetivo es disfrutar del viaje? Mientras más dure, mejor. La compañía de un amigo, Txema Marín, haría aún más interesante el camino. Él es uno de esos personajes que, a fuerza de talento, se está haciendo hueco en la Sevilla crítica más rancia y experimentada. Una de esas personas que se pueden considerar ya maestros, aunque por edad realmente pudiera ser mi alumno.

Me habían hablado de la presencia en el tren de un tal José Claro, que sería quien impartiría la cata, pero vivido lo vivido, hay tantos “catistas” como “cuentistas”, así que yo llevaba mi dosis de escepticismo bien guardada en la maleta. La misma maleta que dejé olvidada, gustoso, en la puerta de Premier, que es el fantástico tren donde se celebraba el evento, nada más conocer a este chico y comenzar a disfrutar de su compañía.

Este nuevo compañero de viaje que nos acompañaba, más allá del indudable estudio de la materia, hablaba con ese talento natural propio de su experiencia personal. De hecho, he de reconocer que, además de aportarme conocimientos, durante la horita que duró el trayecto me transportó a la mismísima Escocia. Esta sensación se acentuó cuando tuve la oportunidad de tocar, morder y saborear unos trozos de malta, materia prima del elixir que estábamos a punto de catar.

Cuatro nombres propios. Cuatro compañeros se sumaron a nuestro ya repleto vagón: Laphroaig, Springbank, Glenkinchie y Aberfeld, pero fueron bienvenidos. En líneas generales suaves y afrutados. Algunos con algo más de intensidad y ahumados. Una auténtica experiencia sensorial, nueva para mí, que disfruté de principio a fin.

Ya estaba todo listo. La exposición previa adquirió el nivel de MasterClass. Una mezcla de sensaciones se mezclaron en el ambiente: se unía el olor a destilado, el sabor a malta que aún permanecía en mi boca y el inmejorable ambiente de ese saloncito, repleto de viajeros, ideal para este tipo de eventos que, siendo elegante, no era sobrio. Todo en su justa medida.

Antes de darme cuenta, nuestro ferrocarril arrancó y hasta llegó de nuevo a la estación desde donde habíamos partido. Todo sin apenas darme cuenta. Por momentos, parecía encontrarme en uno de esos trenes antiguos que llegaban a la casa de al lado, pero con la necesidad de que, este viaje en concreto, no terminara nunca.

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